miércoles, 31 de mayo de 2017

HEIDI («una historia para los niños y para los que aman a los niños»)

Paisaje de los Alpes en Garmisch-Waxenstein por Karl Arweiler (1888-1962)


«Alzo mis ojos hacia los montes…»
Salmo 120

«Sobre todas las cumbres reina la calma»
Goethe


No hay nada de panteísta en percibir la mano de Dios en la naturaleza, y en asombrarse y estremecérse ante la visión de algunas de su más majestuosas creaciones, como las altas cumbres ¿no es pues esta su obra? ¿no merece nuestra admiración? Tampoco lo hay en afirmar que la presencia divina se experimenta más íntimamente y con mayor majestad en las agrestes e imponentes montañas que, por ejemplo, en su pálido reflejo, los áridos y fríos entornos urbanos. El silencio y la soledad unidos al asombro y al sobrecogimiento, ayudan, sin duda, a acercarse a Dios. Todos lo hemos experimentado alguna vez.

Las montañas, las altas montañas, se han venido relacionado desde tiempo inmemorial con experiencias espirituales, encuentros con Dios  y apariciones de Dios. Allí, sabemos, suceden cosas trascendentes. Las Sagradas Escrituras nos cuentan que Ezequiel situaba El Jardín del Edén en una Montaña, y que Dios habló a Moisés en los montes Horeb y Sinaí. Luego están los tres montes relacionados con Nuestro Señor Jesucristo: el de su transfiguración (el Tabor), del de su agonía y apresamiento (el de los Olivos), el de su pasión y muerte (El Calvario) y finalmente, el de su ascensión a los Cielos (otra vez el de los Olivos).

Las montañas, pues, pueden ser sagradas. Y algunas lo son. Además, han sido y seguirán siendo, lugar de oración y recogimiento, de enseñanza y de refugio, de expiación y prueba.

En todo caso, montes y montañas evocan y constituyen un marcado símbolo espiritual y místico, representado por del desafío que supone su ascensión y por la fuerza que transmite la proyección vertical de la línea ascendente que las dibuja. Invitan al espíritu a ir hacia donde debe estar, elevándolo sobre las realidades banales y mezquinas, hacia la verdad, hacia el Cielo.

«¿No es verdad, sobre esas cimas alpestres,
que nuestro espíritu se despide de pensamientos indignos?
¿Que, despojándose de su lastre terrestre
el hombre se siente más cerca de Dios?»
J. Julien

Potencian, además, un tipo de imaginación ambiental, paisajística, natural y silvestre, que hoy es escasa; anudan los niños a la tierra, al tiempo que les hacen mirar al Cielo y les dan asombro y sobrecogimiento. En suma, les ayudan a ser hombres.

Las montañas, entonces, son importantes. Son lugares sagrados y especiales. Nosotros los cristianos lo sabemos.

Y la novela de que voy a hablar hoy es, entre otras cosas, una exaltación de esas montañas.

Frontispicio de la edición de la Editorial Juventud ilustrada por Mercedes Llimona (1914-1997)



El libro de Joanna Spyri (pues aunque son dos tomos independientes no son sino una sola historia), fue publicado originalmente en dos volúmenes con un año de diferencia y bajo los títulos de Los años de formación y andanzas de Heidi  (1880) y Heidi pone en práctica todo lo que ha aprendido (1881), editados en España como Heidi y Otra vez Heidi. La novela se desarrolla en el precioso escenario de los Alpes Suizos y nos cuenta la vida de Heidi, una niña huérfana que a la edad de 5 años es llevada con su abuelo, un hombre arisco que vive alejado de todo en una vieja cabaña en las montañas. Allí, nuestra protagonista disfruta de una educación natural rousseauiana hasta los 8 años, conoce a Pedro, el pequeño pastor, y intima con su abuelo, hasta que su tía la lleva consigo a la ciudad de Frankfurt. En la ciudad conoce a Clara (una niña paralitica, 3 años mayor que ella) cuya abuela le enseña a leer y escribir, dándole, además, su primera instrucción religiosa. Heidi tiene un efecto curativo en su entorno, sobre todo en Clara, pero es profundamente infeliz en el ambiente urbano y termina enfermando. Sin embargo, la niña tiene todavía lecciones que aprender y Dios un plan para ella y los que le rodean. Tras alguna que otra peripecia, la niña consigue volver a sus anhelados prados alpinos, trayendo consigo a su amiga Clara. Finalmente, con la ayuda de Dios, logra la redención de su abuelo, y más tarde que Clara vuelva a caminar.

Ilustraciones de N. C. Wyeth (1882-1945) y de Jessie Willcox Smith (1863–1935) 


El libro es una celebración de la vida sencilla y en armonía con la naturaleza, con un paisaje evocador como telón de fondo y una protagonista encantadora e irresistible.

Si bien Heidi no es, ni de lejos, una novela teológica, sin embargo no puede dejar de destacarse que contiene ciertos mensajes religiosos, que unidos al estupendo fondo cordial, entusiasta y de contagiosa alegría que la historia trasmite, constituyen un poso valioso para el aprendizaje moral de los niños. En este sentido son de destacar el episodio de la reconciliación de su abuelo con Dios y con sus vecinos (un trasunto de la parábola del hijo pródigo), el proceso de restauración de la salud y la movilidad de Clara con la ayuda de la caridad y de una vida “bien vivida” y, sobre todo, el tierno acercamiento de la niña a Dios a través de la oración, su fortaleza en la fe y la conciencia de que, a un tiempo, uno debe hacer aquello que está en su mano hacer; como decía San Agustin: «Dios te invita a hacer lo que puedas y pedir lo que no puedas y te ayuda para que puedas».  

«Hoy he comprendido por qué Dios no nos concede enseguida las cosas que le pedimos. Él sabe cuando ha de otorgárnoslas». Dice Heidi a Clara. 
                
En el libro se recogen también algunas referencias explicitas al asombro como primera piedra en el camino hacia la Verdad. Por ejemplo cuando Clara, admirando junto a Heidi el firmamento estrellado, exclama:

«Parece como si estuviéramos viajando en un carro, justo en el cielo, entre las estrellas»

A lo que Heidi responde, ofreciendo una explicación para el centelleo de las estrellas que deliciosamente relaciona con la providencia divina:

«Al estar arriba en el cielo las estrellas saben que Dios cuida de nosotros. Y eso las alegra y por eso centellean y nos guiñan los ojos. Pero no por eso debemos dejar de rezar. Así estaremos seguras de que no debemos temer por nada».

Creo que este libro hizo más para que el amor de mis hijas por los campos y montañas creciera y sea hoy intenso y verdadero, que toda esa fría y chiclosa doctrina sobre la ecología que les tratan de imbuir en las escuelas, las televisiones y en cualquier lugar público que se tercie.

Ilustraciones de Gustaf Tenggren (1896–1970) y de Jessie Willcox Smith (1863–1935)


¡Ah, sentir el tibio sol y el aroma de las flores primaverales allá en los prados montañeses! Mis hijas nunca han estado en las montañas de los Alpes suizos, pero estoy seguro de que saben cómo se sentirían de estar allí. Lo saben porque han leído Heidi.


miércoles, 24 de mayo de 2017

DE NIÑOS Y ÁRBOLES «CUYO FOLLAJE NO SE MARCHITA...»


Robles de Barrio, de José María Fenollera Ibañez (1851-1918)


«Es como un árbol
plantado junto a ríos de agua,
que a su tiempo dará fruto
y cuyo follaje no se marchita;
todo cuanto hiciere prosperará»

Salmo, 1.3


Los árboles que encontramos en los libros infantiles y juveniles son un preludio, una prefiguración y, a las veces, una epifanía para los niños. Se registran de todos los tamaños y aspectos, de todas las cataduras y presencias, de todas las genealogías y formas. Les enseñan a los niños algunas cosas, representan para ellos otras muchas y, sobre todo, según mi experiencia, les transmiten seguridad y protección (recordemos que Robinson pasó su primera noche refugiado en un árbol y en la maravillosa casa que sobre un árbol construye la familia de El robinson suizo).

Y para empezar, es necesario partir de un hecho capital: y es que tanto los árboles como los libros tienen «hojas»; y esto no es casualidad. Tampoco es de olvidar que se trata de un detalle que no pasa desapercibido a los niños (seguro que más de uno ha sido asaltado con esta pregunta).

De esta manera, no es extraño que los árboles hayan desempeñado desde siempre un especial papel en la educación de los pequeños, sea a través de la trasmisión oral de las tradiciones, por medio de viejas historias, sea a través de la literatura, bien como símbolos, bien como elementos estructurales, o también, claro que sí, como representaciones de la realidad y magnificencia de lo creado. Tenemos así a los baobabs metafóricos de El Principito, los ancianos y magníficos Ents de El Señor de los Anillos, los tres árboles que nos cuentan, a su manera, la historia más grande jamás contada, El enebro de los Grimm y el árbol de miel de Winnie the Pooh. Y aquí no acaba la relación, no… podríamos hablar del Tumtum que aparece en el estrafalario poema de Carroll, de impronunciable título, Jabberwocky, o los igualmente raros árboles Truffula del Lorax del Dr. Seuss, y el blanco Melomax de El árbol de los deseos de Faulkner. Finalmente, no puedo olvidarme del gran roble que custodia nuestro particular Rivendel, con su copa protectora y sus tupidos brazos, que amorosamente desciende hasta el suelo, al que mis hijas adoran y que, seguro, ha sido escenario de muchos de sus sueños y fantasías… y de alguno de sus primeros esbozos de cuentos y poemas. 

Si bien estos árboles son todos memorables, hoy hablaré de algunos otros que mis hijas conocieron siendo mucho más niñas, entre sábanas, risas y bostezos. De esta manera y sin más demora comienzo:


EL ÁRBOL GENEROSO (1964), escrito e ilustrado por Shel Silverstein. Editorial Kalandraka


Portada del libro, ilustrada por el autor Shel Silverstein (1930-1999)

Shel Silverstein es fundamentalmente un poeta, y su libro, sin ser un libro de poemas, destila poesía por todas y cada una de sus páginas. Escrito en 1964 e ilustrado, de forma sencilla y a plumilla, por el propio Silverstein, El Árbol generoso trata de eso, de la generosidad, pero también de su contrario, el egoísmo y es una buena forma de hacer ver a los niños qué de bueno tiene la una y qué de malo tiene el otro; una gráfica y reveladora historia de contrastes que pone ante los niños estas dos opuestas maneras de estar en el mundo.
Algunas páginas del libro.

El libro muestra la relación de una persona con un árbol, desde su infancia hasta su senectud, mostrándonos las diversas etapas de la vida y cómo en cada una de ellas esta relación cambia, pero solo por parte del que pide y recibe (el hombre), no del que da (el árbol). En este sentido puede ser una parábola, no solo sobre los diversos tipos de relaciones que los seres humanos pueden mantener con la naturaleza, sino también sobre el verdadero significado del amor, la virtud teologal de la caritas, que «no busca lo suyo… todo lo sobrelleva… todo lo soporta» (Corintios I. 13. 4, 7).

 Dejen que sus críos lo lean o léanlo juntos. Un tierno e instructivo libro.

A partir de 6 o 7 años.


LOS ÁRBOLES SON HERMOSOS (1956) de Janice May Udry, ilustrado por Marc Simont. Editorial Corimbo.


Portada del libro, ilustrada por Marc Simont (1915-2013)

Escrito en 1956 por Janice May Udry y magníficamente acompañado por los dibujos y pinturas de Marc Simont (fue premiado en el año 1957 con la Medalla Caldecott por sus ilustraciones), Los árboles son hermosos (Un árbol es bello sería la traducción literal del original A tree is nice) es un cuento, ya clásico, sobre la belleza de las cosas pequeñas y del mundo natural que nos rodea, centrado especialmente en los árboles, en varios árboles, vistos todos ellos bajo el punto de vista de los niños; así, pueden leerse en el libro cosas como las que siguen: «Un árbol es hermoso porque tiene un tronco y ramas. Sentados en una rama podemos pensar o jugar a los piratas» o «en otoño las hojas caen y nosotros jugamos con ellas. Caminamos entre las hojas y nos revolcamos. Con las hojas hacemos casitas para jugar».

En este libro nuestros hijos se encontrarán con la hermosa cotidianeidad de lo natural. Las acuarelas de Simont complementan perfectamente la simplicidad poética del texto, y transmiten al niño de manera clara su mensaje, que no es otro que el fomentar el aprecio por los árboles, mostrándoles cómo deben ser tratados y porqué son importantes. Un buen libro para leer en voz alta antes de acostarse. Ya solo su comienzo es precioso: «Los árboles son hermosos. A veces llenan el cielo».


Una de las páginas del libro
A partir de 4 años.

Y ya acabo.

Es cierto que «solo Dios puede hacer un árbol»,  así como también que solo Él sabe lo que realmente es y cómo realmente es, pero estos pequeños libros pueden ser una buena introducción para acercarse al misterio de las cosas, y los árboles pueden ser un buen lugar para comenzar.

Porque, ¿quién sino Dios sabe realmente qué es o cómo es un árbol?  Chesterton nos decía en su Hombre que era jueves, que «eso no es un árbol, sino las espaldas de un árbol». Quizás sea así. Quizás la clave esté en la mirada; y no solo en nuestros ojos y en nuestra imaginación, sino también en el lugar desde el que miramos, en la perspectiva. Porque, lo cierto es que desde nuestra perspectiva no podemos verlo todo y que, lo poco que vemos, no podemos verlo bien. En todo caso, no hay que cesar de mirar. Gerard Manley Hopkins nos decía al comienzo de su precioso poema La noche estrellada: «¡Mira las estrellas! ¡Mira, mira hacia el cielo!». Nosotros podemos decir del mismo modo a nuestros niños: «¡Mira el árbol! ¡Mira, mira el bosque, lleno de árboles!».

Pero sospecho que quizás haya algo más que el simple mirar y el lugar desde el que miramos, y que parte de este algo quizás lo podamos encontrar en un bien muy escaso hoy día: la atención. La gente no se da cuenta de las cosas, vivimos en medio de la gran indiferencia que el mundo moderno predica hacia lo que la naturaleza es (a salvo, claro está, de aprender qué va en el cubo amarillo y qué en el cubo naranja).People have no time, to borrow from another poet, to stand and stare. No hay tiempo para pararse y mirar. Por esta razón necesitamos ayuda, una ayuda que, en mi opinión, ha de ser poética; ¡Hay que implorar la ayuda de los poetas! Porque la poesía abre los ojos, en especial los de los niños, y ayuda a pararse y contemplar las maravillosas obras de Dios en su creación; interpreta y glorifica lo común de la vida cotidiana, y el niño, en su inocencia, posee la cualidad esencial para poder recibir este regalo. 

Pensando en niños y árboles recuerdo unas palabras del Padre Francis P. Donnelly, que decía: «Pocos de nosotros vimos realmente un árbol hasta que Joyce Kilmer nos lo reveló». Kilmer era un poeta que, como muchos poetas, poseía un alma de niño, y como niño que era nos reveló –como dice el Padre Donnelly–, lo que en verdad es un árbol, y lo hizo en este simple y a un tiempo maravilloso poema con el que finalizo:

«Creo que nunca veré
un poema tan hermoso como un árbol;
un árbol cuya boca hambrienta esté pegada
al dulce seno fluyente de la tierra;
un árbol que mira a Dios todos los días
y alza sus brazos frondosos para orar.
Un árbol que en verano podría llevar
un nido de petirrojos en sus cabellos;
en cuyo pecho se ha recostado la nieve;
que vive íntimamente con la lluvia.
Los poemas son hechos por tontos como yo.

Pero solo Dios puede hacer un árbol».


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