miércoles, 24 de mayo de 2017

DE NIÑOS Y ÁRBOLES «CUYO FOLLAJE NO SE MARCHITA...»


Robles de Barrio, de José María Fenollera Ibañez (1851-1918)


«Es como un árbol
plantado junto a ríos de agua,
que a su tiempo dará fruto
y cuyo follaje no se marchita;
todo cuanto hiciere prosperará»

Salmo, 1.3


Los árboles que encontramos en los libros infantiles y juveniles son un preludio, una prefiguración y, a las veces, una epifanía para los niños. Se registran de todos los tamaños y aspectos, de todas las cataduras y presencias, de todas las genealogías y formas. Les enseñan a los niños algunas cosas, representan para ellos otras muchas y, sobre todo, según mi experiencia, les transmiten seguridad y protección (recordemos que Robinson pasó su primera noche refugiado en un árbol y en la maravillosa casa que sobre un árbol construye la familia de El robinson suizo).

Y para empezar, es necesario partir de un hecho capital: y es que tanto los árboles como los libros tienen «hojas»; y esto no es casualidad. Tampoco es de olvidar que se trata de un detalle que no pasa desapercibido a los niños (seguro que más de uno ha sido asaltado con esta pregunta).

De esta manera, no es extraño que los árboles hayan desempeñado desde siempre un especial papel en la educación de los pequeños, sea a través de la trasmisión oral de las tradiciones, por medio de viejas historias, sea a través de la literatura, bien como símbolos, bien como elementos estructurales, o también, claro que sí, como representaciones de la realidad y magnificencia de lo creado. Tenemos así a los baobabs metafóricos de El Principito, los ancianos y magníficos Ents de El Señor de los Anillos, los tres árboles que nos cuentan, a su manera, la historia más grande jamás contada, El enebro de los Grimm y el árbol de miel de Winnie the Pooh. Y aquí no acaba la relación, no… podríamos hablar del Tumtum que aparece en el estrafalario poema de Carroll, de impronunciable título, Jabberwocky, o los igualmente raros árboles Truffula del Lorax del Dr. Seuss, y el blanco Melomax de El árbol de los deseos de Faulkner. Finalmente, no puedo olvidarme del gran roble que custodia nuestro particular Rivendel, con su copa protectora y sus tupidos brazos, que amorosamente desciende hasta el suelo, al que mis hijas adoran y que, seguro, ha sido escenario de muchos de sus sueños y fantasías… y de alguno de sus primeros esbozos de cuentos y poemas. 

Si bien estos árboles son todos memorables, hoy hablaré de algunos otros que mis hijas conocieron siendo mucho más niñas, entre sábanas, risas y bostezos. De esta manera y sin más demora comienzo:


EL ÁRBOL GENEROSO (1964), escrito e ilustrado por Shel Silverstein. Editorial Kalandraka


Portada del libro, ilustrada por el autor Shel Silverstein (1930-1999)

Shel Silverstein es fundamentalmente un poeta, y su libro, sin ser un libro de poemas, destila poesía por todas y cada una de sus páginas. Escrito en 1964 e ilustrado, de forma sencilla y a plumilla, por el propio Silverstein, El Árbol generoso trata de eso, de la generosidad, pero también de su contrario, el egoísmo y es una buena forma de hacer ver a los niños qué de bueno tiene la una y qué de malo tiene el otro; una gráfica y reveladora historia de contrastes que pone ante los niños estas dos opuestas maneras de estar en el mundo.
Algunas páginas del libro.

El libro muestra la relación de una persona con un árbol, desde su infancia hasta su senectud, mostrándonos las diversas etapas de la vida y cómo en cada una de ellas esta relación cambia, pero solo por parte del que pide y recibe (el hombre), no del que da (el árbol). En este sentido puede ser una parábola, no solo sobre los diversos tipos de relaciones que los seres humanos pueden mantener con la naturaleza, sino también sobre el verdadero significado del amor, la virtud teologal de la caritas, que «no busca lo suyo… todo lo sobrelleva… todo lo soporta» (Corintios I. 13. 4, 7).

 Dejen que sus críos lo lean o léanlo juntos. Un tierno e instructivo libro.

A partir de 6 o 7 años.


LOS ÁRBOLES SON HERMOSOS (1956) de Janice May Udry, ilustrado por Marc Simont. Editorial Corimbo.


Portada del libro, ilustrada por Marc Simont (1915-2013)

Escrito en 1956 por Janice May Udry y magníficamente acompañado por los dibujos y pinturas de Marc Simont (fue premiado en el año 1957 con la Medalla Caldecott por sus ilustraciones), Los árboles son hermosos (Un árbol es bello sería la traducción literal del original A tree is nice) es un cuento, ya clásico, sobre la belleza de las cosas pequeñas y del mundo natural que nos rodea, centrado especialmente en los árboles, en varios árboles, vistos todos ellos bajo el punto de vista de los niños; así, pueden leerse en el libro cosas como las que siguen: «Un árbol es hermoso porque tiene un tronco y ramas. Sentados en una rama podemos pensar o jugar a los piratas» o «en otoño las hojas caen y nosotros jugamos con ellas. Caminamos entre las hojas y nos revolcamos. Con las hojas hacemos casitas para jugar».

En este libro nuestros hijos se encontrarán con la hermosa cotidianeidad de lo natural. Las acuarelas de Simont complementan perfectamente la simplicidad poética del texto, y transmiten al niño de manera clara su mensaje, que no es otro que el fomentar el aprecio por los árboles, mostrándoles cómo deben ser tratados y porqué son importantes. Un buen libro para leer en voz alta antes de acostarse. Ya solo su comienzo es precioso: «Los árboles son hermosos. A veces llenan el cielo».


Una de las páginas del libro
A partir de 4 años.

Y ya acabo.

Es cierto que «solo Dios puede hacer un árbol»,  así como también que solo Él sabe lo que realmente es y cómo realmente es, pero estos pequeños libros pueden ser una buena introducción para acercarse al misterio de las cosas, y los árboles pueden ser un buen lugar para comenzar.

Porque, ¿quién sino Dios sabe realmente qué es o cómo es un árbol?  Chesterton nos decía en su Hombre que era jueves, que «eso no es un árbol, sino las espaldas de un árbol». Quizás sea así. Quizás la clave esté en la mirada; y no solo en nuestros ojos y en nuestra imaginación, sino también en el lugar desde el que miramos, en la perspectiva. Porque, lo cierto es que desde nuestra perspectiva no podemos verlo todo y que, lo poco que vemos, no podemos verlo bien. En todo caso, no hay que cesar de mirar. Gerard Manley Hopkins nos decía al comienzo de su precioso poema La noche estrellada: «¡Mira las estrellas! ¡Mira, mira hacia el cielo!». Nosotros podemos decir del mismo modo a nuestros niños: «¡Mira el árbol! ¡Mira, mira el bosque, lleno de árboles!».

Pero sospecho que quizás haya algo más que el simple mirar y el lugar desde el que miramos, y que parte de este algo quizás lo podamos encontrar en un bien muy escaso hoy día: la atención. La gente no se da cuenta de las cosas, vivimos en medio de la gran indiferencia que el mundo moderno predica hacia lo que la naturaleza es (a salvo, claro está, de aprender qué va en el cubo amarillo y qué en el cubo naranja).People have no time, to borrow from another poet, to stand and stare. No hay tiempo para pararse y mirar. Por esta razón necesitamos ayuda, una ayuda que, en mi opinión, ha de ser poética; ¡Hay que implorar la ayuda de los poetas! Porque la poesía abre los ojos, en especial los de los niños, y ayuda a pararse y contemplar las maravillosas obras de Dios en su creación; interpreta y glorifica lo común de la vida cotidiana, y el niño, en su inocencia, posee la cualidad esencial para poder recibir este regalo. 

Pensando en niños y árboles recuerdo unas palabras del Padre Francis P. Donnelly, que decía: «Pocos de nosotros vimos realmente un árbol hasta que Joyce Kilmer nos lo reveló». Kilmer era un poeta que, como muchos poetas, poseía un alma de niño, y como niño que era nos reveló –como dice el Padre Donnelly-, lo que en verdad es un árbol, y lo hizo en este simple y a un tiempo maravilloso poema con el que finalizo:

«Creo que nunca veré
un poema tan hermoso como un árbol;
un árbol cuya boca hambrienta esté pegada
al dulce seno fluyente de la tierra;
un árbol que mira a Dios todos los días
y alza sus brazos frondosos para orar.
Un árbol que en verano podría llevar
un nido de petirrojos en sus cabellos;
en cuyo pecho se ha recostado la nieve;
que vive íntimamente con la lluvia.
Los poemas son hechos por tontos como yo.

Pero solo Dios puede hacer un árbol».


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domingo, 21 de mayo de 2017

EL PRISIONERO DE ZENDA

Castillo de Bentheim (detalle) de Jacob Izaackszoon van Ruysdael (1628-1682) 


«Para un hombre de carácter, mi querida Rose -contesté-, ventajas son obligaciones»

El prisionero de Zenda. Anthony Hope


Anthony Hope era un respetado y acreditado abogado en el Londres de finales del siglo XIX. Como a muchos abogados (entre los que probablemente me encuentro), el hábito de escribir y contar historias, propio de su profesión, le llevo a gustar de la literatura, pero en el caso de Hope le condujo más lejos que a otros, y, más allá del gusto, le sumergió directamente en la fabricación de ficciones y fantasías. Y así, entre legajos, sentencias y testamentos, urdió Hope, al parecer en pocas semanas, la novela que nos trae hoy aquí: El prisionero de Zenda (1894). 

Revólveres ardientes y humeantes, antiguos castillos medievales, espadas fulgentes que chocan y estallan en relámpagos zigzagueantes, consejeros sombríos, conspiraciones obscuras, discursos maravillosamente ingeniosos, almas atrevidas y desinteresadas, reyes, princesas, amores imposibles, honor frente a gloria, y uno de los más memorables héroes caballerescos de la ficción, nuestro Rudolph Rassendyl, frente a uno de los grandes “malos”, un rival formidable, el infame y asesino Rupert de Hentzau. Esto encontrarán, y más y más, si se deciden a viajar con sus hijos a la legendaria Ruritania.

Ilustraciones de Michael Godfrey (1958-)

El libro lanzó a Anthony Hope a la fama; fue un auténtico bestseller por el número de ventas (aunque con una calidad literaria superior a la media de este tipo de publicación hoy día), y le estableció como uno de los escritores más populares de su tiempo; a tal punto llegó su influencia que dio lugar a un subgénero de novelas que se denominó Ruritano. Se trata de una historia clásica de aventura romántica y es, tal vez, el primer thriller político.

La novela se desarrolla principalmente en un país imaginario y cuasi medieval de una imaginaria Europa Central, Ruritania, y nuestro héroe, Rudolf Rassendyll, es todo lo que un héroe debe ser: hábil, ingenioso, inteligente, atractivo y, sobre todo, noble, honorable y valiente. Cuando Rudolf viaja a Ruritania, su visita coincide con los fastos de la coronación del nuevo Rey, del que es pariente lejano, y las circunstancias y su extraordinario parecido físico con aquel, le llevan a tener que desempeñar el papel de monarca, mientras el verdadero rey es retenido cautivo en el Castillo en Zenda por quienes desean usurparle la corona. Rudolf se presta a ese juego arriesgado por honor y virtud. Honor y virtud que se ponen de nuevo de manifiesto en como encara su amor imposible con la princesa Flavia, la prometida del verdadero rey. Dentro de la más clásica tradición heroica de renuncia y honor, tras rescatar al rey, Rudolf regresa a casa con el corazón roto, pero con su honor como caballero intacto.

Ilustraciones de Charles Dana Gibson (1867–1944)

Hope juega aquí con dos clásicos tópicos: por un lado, la fascinación del doble, un asunto perturbador, tratado, incluso de manera obsesiva, por grandes literatos (pienso en Hoffman, en Dostoyevski, en Poe o en Borges) y absolutamente presente en toda mente despierta: ¿habrá alguien en algún lugar del mundo que sea nuestro doble físico? Inquietante pregunta ¿Y que ocurriría si, por avatares del azar, nos lo encontramos? Pregunta esta mas inquietante todavía. Por otro lado la novela toca el tema del intercambio de identidades, del vivir en la vida de otro, también largamente tratado en la literatura (Twain, Srevenson, Wilde, Dumas, Rostand). Pero nuestro autor no desciende a profundidades metafísicas o existenciales, solo juega, y deliciosamente, con ambos elementos, y así esta novela es preludio e inspiración de muchas historias semejantes protagonizadas por héroes que se intercambian o que viven la vida de otros.

Portadas de dos ediciones, una española muy reciente y otra inglesa de foinales del siglo XIX

Historia totalmente cautivadora que, como he dicho, engloba los estereotipos de la antigua literatura medieval: reyes, princesas, héroes, lugares de ensueño, amores puros, duelos a espadas, fugas y mucha, mucha acción.

Totalmente recomendable para chicos y chicas de 12 en adelante. 



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martes, 16 de mayo de 2017

DE LLAVES, PUERTAS Y LIBROS (El asombro agradecido)

Invierno de Ivan Shishkin (1832-1898)


«En el asombro hay siempre un elemento positivo de plegaria»

G.K. Chesterton

Decía Robert Frost en uno de sus poemas que «amamos las cosas que amamos por lo que son». El problema con ese hermoso verso es que ¿sabemos lo que son de verdad las cosas? Creo que la respuesta es que no, que no sabemos. Al menos es mi respuesta. Y esto es así porque desconocemos una parte fundamental de la realidad, aquella que casa con nuestra otra mitad: el mundo espiritual en el que debería habitar nuestra alma.

Así que, si realmente no sabemos lo que son las cosas, cierto será que no podremos amarlas en la medida que merecen, ya que sin conocimiento no hay asombro, sin asombro no hay admiración y sin admiración no hay amor. Entonces, ¿qué podremos ofrecerles a los niños? ¿sobre qué vamos a instruirles? ¿qué pueden ellos esperar de nosotros si no conocemos aquello que deberíamos enseñarles?

Olvídense de la técnica, olvídense de la utilidad. Esos son subterfugios que esquivan intencionadamente la cuestión, impostores que propagan la impostura, disfrazados de corderos que tratan de hacernos creer que “eso” es lo importante, que educar es transmitir “eso”  y que lo “demás”, aquello que otrora fue la cultura occidental, la Cultura Cristiana, ya no importa.

Pero lo cierto es que ahí está la respuesta, en el centro de esa misma actitud despectiva y orgullosa; la respuesta es “eso” que se desprecia, “eso” que se arrincona. Debemos recomenzar recuperando para nuestros pequeños (y para nosotros mismos), lo que un día fue la Cultura Cristiana.

Y habrá que comenzar por la maravilla, por el encanto, por la reverencia, por todo aquello que un alma inocente recibe en su primer encuentro con lo creado y que la predispone para conocer la Verdad.  Tenemos que recuperar el asombro.

«El cielo es el pan diario de los ojos» decía Emerson en sus Diarios. Cierto, porque así es, aunque nuestros viejos y adormecidos ojos no puedan verlo por si solos. Pero ellos, nuestros pequeños, con su inocente mirada si podrían ¿no debemos entonces hacer lo posible para que esto suceda?

Recuerdo aquí un reciente anuncio televisivo que nos presenta una grabación deliciosa y sorprendente. La cinta recoge la admiración pasmosa, la emoción impregnada de maravilla que conduce a lo indecible y que estalla en el feliz llanto de una niña oriental, de unos tres años, que se deja empapar por su primera lluvia. Esa es la emoción primigenia ante lo creado; eso es lo que hemos perdido, esa estupefacción que nos debería dejar entre ateridos y azorados ante lo maravilloso que nos rodea. Y es labor nuestra que nuestros hijos puedan recuperarlo.

Viento del noreste de Winslow Homer(1836-1910)
Porque así es, porque ante lo creado lo natural es enmudecer, debemos decirle a nuestros hijos: «Nunca dejaréis pasar un día sin mirar tres cosas bellas y asombrándoos ante ellas, daréis gracias Dios».

Y los libros, los buenos libros, son una buena forma de empezar; tened por seguro que nos ayudaran a recuperar ese asombro perdido. Porque ellos guardan, como pequeños joyeros, las llaves de un sin fin de puertas que conducen, ellas todas, a preparar el alma, a través del sobrecogimiento y la maravilla, para el conocimiento de aquello que todavía podemos esperar del mundo. Por lo pronto podemos acceder a algunas de ellas; de las miles se me ocurren unas pocas:

-La puerta de la maravilla incognoscente, imprevista y mágica (Los cuentos de hadas y de fantasías: Los Grimm, Andersen, Perrault, Carroll, Macdonald, Barrie, Saint-Exupéry).
-La puerta deslumbrante del valor heroico (Las leyendas griegas y nórdicas, las leyendas artúricas y los romances de gesta, Shakespeare, las novelas de Stevenson, Dumas, Salgari, Sabatini).
-La puerta de los viajes extraordinarios e iniciáticos (Defoe, Swift, Verne, Ballantynne, Marriat).
-La puerta de la trascendencia mística, de la lucha y la entrega a algo mas grande que uno (las leyendas Artúricas, Lewis, Tolkien).
-La puerta del valor de la familia, el amor y la entrega a los demás (Alcott, Spyri, Collodi, Montgomery, Nesbit, Hodgson Burnett).
-La puerta de la aventura como liberadora de cadenas y fuente de lucidez (Ballantynne, Kipling, Burroughs, Stevenson).
-La puerta del encanto de lo cotidiano (Dickens, Cervantes, Grahame, Milne, Baroja, Chesterton, Ingalls Wilder).
-La puerta secreta de la poesía (Dante, Shakespeare, Wordsworth, Keats, Blake, Stevenson, Tennyson, Quevedo, Lorca).
-La puerta de la Verdad (Las Sagradas Escrituras).

A Chesterton le gustaba mucho lo de las llaves y lo de las puertas. Era un imagen que cultivó, no en vano la puerta  y su inseparable llave, fue imagen usada de forma magisterial por el único  y verdadero Poeta (p.e., Lu. 13:24).

Tormenta en las Montañas Rocosas de Albert Bierstadt (1830-1902)
Así Chesterton nos resalta esa relación entre el Cristianismo, la puerta y la llave: «Los primeros cristianos eran personas que poseían una llave diferente a todas las demás, y todo el cristianismo primitivo consistió en proclamar la posesión de esa llave única, que podía nada menos que abrir la prisión del mundo entero, para salir al día luminoso de la libertad». Pero no debemos quedarnos en esa llave, que es solo instrumento, pues «somos cristianos y católicos no por adorar una llave, sino por haber traspasado una puerta y haber sentido la brisa de la libertad sobre una tierra maravillosa». Hasta alguien como Deleuze, sin querer decirlo, lo dice: «quisiera hacer un libro que altere a los hombres, que sea como una puerta que los lleve a un lugar al que nadie hubiera consentido en ir, una puerta simplemente ligada con la realidad».

También es paradigmática la relación entre libros y puertas. Quizás la primera la del Génesis y la puerta del Paraíso perdido, guardada, desde la expulsión, por Querubines y la Fulgurante Espada (Gn. 3:23) o aquella a la que llegaba la escalera que subió Jacob (Gn. 28:17), y en relación con esto, los famosos versos que inician el Canto III de la Divina Comedia, inscritos en la Puerta del Infierno, así como el verso de Homero «rechinaron las Puertas del Cielo, que guardaban las Horas». El Templo de las mil puertas (sacado de La Historia Interminable de Ende), viene igualmente a mi memoria, por lo acertado de su descriptivo nombre, así como el relato de Wells titulado La puerta en el muro. Los eruditos podría seguir, seguro, horas y horas.

Pero los buenos libros no solo son puertas, también son llaves, más toscas, menos precisas; por esta razón no abren la Puerta, pero si nos permiten abrir las pequeñas cancelas que la rodean y la guardan, y de esta manera, nos ayudan a acercarnos, posibilitando nuestro acceso a la Llave que abre aquella Puerta, la única puerta que resulta preciso cruzar.

Los buenos libros causan asombro, y al asombrarnos nos preparan para el mayor de ellos, el único y verdadero sobrecogimiento, El Misterio que es Dios, y a su vez nos dan la medida de la única actitud posible al acercarnos: aquella en la que el hombre experimenta el sentimiento de su nulidad, de «no ser más que una criatura», de no ser más que «ceniza y polvo» (Gn.18:27). A partir de ahí todo es posible. Y nuestros hijos deben prepararse para ello. Los libros pueden ayudarles.

Y termino otra vez con Chesterton, en este caso su Autobiografía, donde dice:

«Esta convicción arrolladora de que hay una llave que puede abrir todas las puertas, está de nuevo, ante mí, (…). Y surge de nuevo, como hace tiempo, la figura de un hombre que cruza un puente llevando una llave: tal como lo vi cuando miré, por primera vez, en el país de las hadas, por la ventana del teatro en miniatura de mi padre. Pero sé que aquel, que se llama Pontifex, el constructor del puente, se llama también Claviger, el portador de la llave; y que esas llaves le fueron dadas para atar y desatar, cuando era un pobre pescador en una provincia lejana, junto a un pequeño mar un tanto misterioso».



jueves, 11 de mayo de 2017

LIBROS SOBRE NUESTRA MADRE DEL CIELO

El Niño Jesús y la Virgen María de Margaret Tarrant (1888–1959)



«La vida de María fue tal que Ella sola es norma de vida para todos nosotros. Ella es la regla de nuestras vidas»

San Ambrosio



El distinguido padre dominico Aidan Nichols nos recuerda en su libro Christendom Awake: On Re-energising the Church in Culture (1999), que la cultura católica es, entre otras cosas, una cultura moral y que no hay mejor muestra de esta moralidad que la vida de los santos. Buen alimento espiritual y moral son esas vidas, plenamente vividas y llenas de ejemplos de virtudes morales encarnadas y puestas en acción. Si la moralidad es sobre todo captada a través del ejemplo más que enseñada a través del precepto, entonces la familiaridad con la vida los santos, en toda su vivacidad humana, es una buena manera de transmitir aquella a los niños.

Y una forma eficaz de hacerlo –una de las mejores, diría yo–, es disponer en casa de libros sobre vidas de santos que estén adaptados a su edad. Libros que podamos leer a nuestros hijos, con nuestros hijos o dejar que ellos los lean, para luego comentarlos, completarlos y dar pie a otras cosas, más hermosas y profundas.

Y creo que no hay mejor forma para empezar que el hacerlo por la bienaventurada, santísima y siempre virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra.

A este respecto decía John Senior que las rosas y los lirios de pureza son algunos de los más hermosos emblemas de Nuestra Señora y así nos lo recordaba, rememorando los bellos títulos con los que es invocada en las letanías lauretanas: «Rosa Mystica, Turris Davidica, Turris Eburnea, Domus Aurea, que llevó su Cuerpo y su Sangre en su seno, Cuerpo de su cuerpo, Sangre de su sangre»; así decía Senior en su maravillosa Restauración de la Cultura Cristiana (publicado en Argentina por la Editorial Vórtice).

Porque, si bien es cierto que Santa María Virgen ha sido imprescindible siempre, como lazo de unión e intercesora nuestra ante Nuestro Señor Jesucristo, hoy su presencia a nuestro lado es, si cabe, más necesaria que nunca. Cuando un niño tiene miedo ¿A dónde acude, raudo y tembloroso? ¿Dónde encuentra su consuelo y su abrigo? Todos sabemos la respuesta; la madre es el origen, la madre es el hogar, el refugio en tanto pasa la tormenta. Hoy yo tengo miedo y tengo miedo por mis hijos, por eso a Ella acudo, por eso en Ella me refugio. De esta forma, como decía acertadamente alguien, la paz y la armonía volverán, porque mamá está en casa. 

Y yo quiero que mis hijos puedan hacer lo mismo. Así que deben conocerla bien, para amarla, respetarla y venerarla, siendo una buena forma el hacerlo a través de los libros, hermosos y blancos libros que les hablen de Ella.

Por tanto, hoy trataré de algunos de los libros o libritos con que en casa iniciamos a nuestras hijas en el conocimiento, adoración y devoción a Nuestra Señora. Son libros sencillos y muy hermosos, propicios para iniciarse en los misterios a través de su pureza, su hermosura y su bondad.


Pero antes de nada he de hacer una advertencia. Los libros de que trataré a continuación no son de fácil adquisición o acceso; no suelen encontrarse en las librerías al uso o en las bibliotecas, sino más bien en las tiendas de libros de viejo o en los mercadillos o rastros. Es una contrariedad, lo sé, pero vale la pena el esfuerzo, créanme; no creo que hoy día sea fácil encontrar en la oferta editorial libros tan hermosos como estos sobre los que voy a hablar. Lo cual debería hacer pensar a alguna que otra editorial, sobre todo aquellas que se suponen de inspiración, participación y control católico.
  
NUESTRA SEÑORA DE LOS NIÑOS. Daniel-Rops. Ilustraciones de Marcel Huet



Y comienzo por Nuestra Señora de los niños, libro de unas cuarenta páginas, de texto sencillo a cargo de Daniel-Rops e ilustraciones muy hermosas, en estilo “línea clara” por su sencillez y limpieza, de Marcel Huet. El libro publicado en Francia en los años cincuenta y en España poco tiempo después por la editorial Ayma, narra, a grandes rasgos y dando un gran protagonismo a las impactantes imágenes (algunas a doble página y casi siempre ocupando la mayor parte de la hoja), la conocida historia de Nuestra Madre Celestial.





Se trata de un libro espectacular y que hará las delicias de los más pequeños con el colorido, enmarque y precisión de línea del dibujo y la sencillez del texto, tipografiado en una imitación de una caligrafía escolar con aire nostálgico.

LA VIDA DE LA VIRGEN MARÍA CONTADA A LOS NIÑOS. Emilio Freixas, texto e ilustraciones



El talentoso ilustrador español Emilio Freixas, en los años cincuenta del pasado siglo, puso su arte al servicio de una serie de libros infantiles de tema religioso. Uno de esos libros –el que nos ocupa–, de unas treinta páginas, tiene como título La vida de la Virgen María contada a los niños y fue publicado por la editorial Sucesor de E. Meseguer, en su colección Auriga de Oro. En el interior del libro se alternan ilustraciones en color y en blanco y negro. Es realmente un libro precioso, con más texto que el anterior, al que acompañan, dándole una gran categoría artística, los magníficos dibujos de Freixas.


De Emilio Freixas –considerado en mejor dibujante de comic español del siglo XX–, se ha destacado “la elegancia de su trazo cursivo y poético” y la vivacidad de sus figuras, habiendo figurado entre los más selectos ilustradores de cuentos clásicos, muchos de ellos publicados en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo por la editorial Molino o la Editorial de E. Meseguer.

LEYENDAS DE LA VIRGEN. Jerome y Jean Tharaud. Ilustraciones de Mercedes Llimona



En último lugar me toca hablar de un libro de más nombre que los anteriores y también de más fuste (unas doscientas páginas), por tanto más para leer a los niños que para ser leído por ellos, aunque igualmente poseedor de unas deliciosas ilustraciones. Me refiero a Leyendas de la Virgen de los hermanos Jerome y Jean Tharaud, con las ilustraciones de Mercedes Llimona. Fue publicado en España por la editorial Ediciones Mediterráneas en el año 1942. Los hermanos Tharaud eran amigos de Charles Peguy, escritores y miembros de la Academia Francesa.

El libro recoge, de forma amena, historias y leyendas que relatan presencias y apariciones milagrosas de la Virgen y que provienen, en su mayoría, de la tradición medieval conocida como “los milagros de la Virgen", un género en el que destacaron nombres ilustres del medievo como Alfonso X el Sabio y Gonzalo de Berceo en España y Gautier y Rutebeuf en Francia. Los hermanos Tharaud reescriben y adaptan en este libro estos textos más antiguos, acercándolos a los niños y jóvenes y dando continuidad a esta tradición.



El texto es acompañado por unas preciosas láminas ilustradas por Mercedes Llimona, sencillas y luminosas, de una gran belleza.
Y voy a terminar haciendo mía parte de la dedicatoria que Emilio Freixas dirigió a sus hijas en su libro para, de esta manera, desear que en estos libros que muestran hermosamente el ejemplo de vida de Nuestra Madre del Cielo, vuestros hijos «encuentren guía, consuelo y la paz del alma».


jueves, 4 de mayo de 2017

TOM SAWYER

Tom Sawyer el Tenebroso Vengador de la América Española, Huck Finn el Manos Rojas, y Joe Horper el Terror de los Mares, de Glenn Harrington (1959-)



«Llega un momento en la vida de todo chico normal en que siente un inmenso deseo de ir donde sea, en busca de un tesoro oculto»

Las aventuras de Tom Sawyer. Mark Twain



La novela de Mark Twain Las aventuras de Tom Sawyer (1876), es algo más que una historia de muchachos basada en los días de la adolescencia del autor en su Missouri natal, con sus juegos de piratas y ladrones y su accidental encuentro con un aparente villano y su tesoro escondido, tal y como rezaba un libro de recomendación de lecturas para niños y niñas fechado en 1917 (Children's Catalog of thirty-five hundred books). Tom Sawyer es mucho más, es, sin duda alguna, un clásico de la literatura universal y una obra maestra; William Faulkner consideraba a Twain «el padre de la literatura norteamericana», y Ernest Hemingway dijo que «Toda la literatura moderna norteamericana comienza en este libro de Mark Twain... ».


Portada de la edición de Biblok con las ilustraciones de la primera edición de Truman W. "True" Williams (1839–1897) y portada de la edición de 1920 con ilustraciones de James Ellsworth "Worth" Brehm (1883-1928)
Lo que a primera vista atrae de la novela a los jóvenes lectores (por ejemplo mis dos hijas, o yo mismo en mis tiempos), exclusión hecha de la magnética personalidad de Tom, es la sensación de gran libertad que respiran todos los niños que pueblan el libro; todos ellos viven en su propio universo, en espacios abiertos, bajo el sol. Es el contraste de esa libertad con las rigideces y envaramientos que atenazan a nuestros niños y los muros de asfalto y de cemento que los rodean, lo que, por añoranza, e incluso como alivio, podría explicar el enorme éxito y atracción que el libro sigue mostrando hoy día. Las únicas obligaciones que sujetan a Tom son la escuela y los servicios religiosos. Fuera de eso goza de una inmensa libertad, juega en los bosques cercanos a Robín Hood o lo que se tercie con su amigo Huck todavía más libre, ambos nadan y chapotean en las orillas del río, pescan, dormitan bajo los árboles, exploran una cueva, juegan con sus otros amigos, con los que forman una pandilla y hasta fingen el  funeral de Tom.... ¡Pobre tía Polly!

La perfección, el summun, de este modelo de libertad que vive Tom es Huck, su amigo del alma. Así se dice en el libro:

«Huckleberry iba y venía según su santa voluntad. Dormía en los quicios de las puertas en el buen tiempo, y si llovía, en bocoyes vacíos; no tenía que ir a la escuela o a la iglesia y no reconocía amo ni señor ni tenía que obedecer a nadie; podía ir a nadar o de pesca cuando le venía la gana y estarse todo el tiempo que se le antojaba; nadie le impedía andar a cachetes; podía trasnochar cuanto quería; era el primero en ir descalzo en primavera y el ultimo en ponerse zapatos en otoño; no tenía que lavarse nunca ni ponerse ropa limpia; sabía jurar prodigiosamente. En una palabra: todo lo que hace la vida apetecible y deleitosa lo tenía aquel muchacho. Así́ lo pensaban todos los chicos, acosados, cohibidos, decentes, de San Petersburgo. Tom saludó al romántico proscrito».

¿Quien siendo niño no habría envidiado a Huckleberry?

El libro nos descubre, o mejor, nos hace volver con nostalgia y deleite, a una auténtica infancia, donde los niños crean y conforman su propio mundo y escapan del confinamiento de horarios, supervisiones y controles de los adultos. Como explica el profesor Anthony Esolen, cuando Tom y sus compañeros forman su banda de ladrones: «dejados a sí mismos, simplemente no permanecerán solos. Se organizarán. Ellos establecerán su pequeño reino, declararán decretos, sentarán y destituirán a gobernantes, se darán nuevos nombres, inventarán códigos secretos, construirán escondites…Todo para llenar los benditos días del verano». La infancia es un tiempo de aventura, exploración y libertad y Tom Sawyer y su pandilla «no necesitaba comités. Estaban vivos».


Tom y Huck por Norman Rockwell (1894-1978) y Tom por N C Wyeth (1882-1945)
Pero la novela no es solo una divertida historia sobre las aventuras y travesuras de un niño y sus amigos. Tom Sawyer nos revela también un sano mensaje. Frente al detestable Sid, el hipócrita y mentiroso medio hermano, se alza en firme oposición Tom (y también en menor medida en esta novela Huck, que participa de la altura moral de su amigo). Es fácil ser amable, guardar las apariencias, parecer formal mientras todo está en calma y nada se exige, seguir las reglas, vestirse apropiadamente, ser puntual, obedecer al maestro, e ir a la escuela dominical. Este formalismo farisaico está en el libro representado por Sid.

Pero Tom no es así (tampoco Huck). Tom es bueno y como que ser bueno es exigente, así nos lo muestra: porque decir la verdad es difícil cuando provoca enemigos, porque aceptar el sufrimiento por tener integridad y correr el riesgo de proteger a los inocentes es duro, aunque sea por amor, porque ser bondadoso requiere sacrificio, aunque el sacrificio purifique. Como nos dice M. Kalpakgian «muchachos como Tom Sawyer, con buenos corazones, conciencias sensibles y coraje moral, muestran más potencial para lograr ese ideal buscado en la educación de los niños que los chicos modelo cuyo comportamiento estricto se asemeja a la sumisión pasiva más que a un amor a la virtud. Tom, en cambio, demuestra que puede ser bueno y bondadoso, obediente a su conciencia y a la ley moral, y compasivo y sensible al sufrimiento, como cuando salva a Muff Potter de la ejecución y rescata a Becky Thatcher de la muerte».

Tom representa vivamente a todo niño digno de llamarse así. Al menos lo que se ha venido conociendo y sintiendo, como niño desde hace mucho tiempo. Cito un fragmento del ensayo La infancia de un escritor, donde E.L. Doctorow, mucho mejor que yo, expresa lo que quiero decir y lo que sentirán vuestros hijos si leen el libro:

«¡Con cuánta emoción reconocí mis propios sentimientos tal como son expresados en Tom Sawyer! La aversión de Tom al jabón y al agua; su gran interés en las formas de vida de los insectos; su no siempre amable atención a los perros y a los gatos; el consuelo que encontraba en soñar con huir de los injustos castigos de su tía Polly; cuánto amaba a Becky Thatcher, el tipo de pequeña rubia risueña de la que también yo me enamoré en la escuela primaria; la admirable manera en que actuó en la escuela al tomar el castigo que le correspondía a ella para protegerla. Pero, sobre todo, aun sin ser consciente de ello, debo haber reconocido la verdad del mundo taxonómico en el que Tom Sawyer vivía, porque era tan parecido al mío, un mundo con dos formas de vida tan distintas y para la mayoría irreconciliables: el niño y el adulto, que sin embargo se ven unidos en tiempos de crisis. No es poca cosa para un niño que entiende, sea cual sea su grado de conciencia, que sus propias transgresiones —y las mías eran aparentemente interminables, desde enfermedades graves y malas calificaciones hasta pereza para ensayar mis lecciones de piano— nunca son tan terribles como parecen, y que hay un vínculo que une a grandes y chicos en un solo mundo moral en el que alcanzar la verdad y el perdón siempre es posible».


Tom y Becky en la cueva de McDougal por Bill Dodge  y No puedo decirle que no hay pescado de Henry Hintermeister (1897–1972)


La novela se puede leer con la mirada de un niño o con la de un adulto, por tanto, el adulto que la relea se encontrará con una historia totalmente distinta a aquella que leyó de niño, totalmente distinta pero igualmente deliciosa. En este sentido se puede entender que Twain quisiera inicialmente dedicar el libro a los adultos (de hecho en su prefacio algo insinúa); gracias a Dios fue convencido para que lo hiciera como lo que es, una novela para niños, y así ha pasado a la historia de la literatura.

Quizás para terminar nada mejor que extractar algunas líneas del ya citado prefacio que escribió el propio Twain: «A pesar de que mi libro está destinado principalmente al entretenimiento de niños y niñas, espero que no sea rechazado por hombres y mujeres con esa excusa, pues mi intención en parte ha sido tratar de recordar gratamente a los adultos lo que ellos mismos fueron un tiempo, cómo sentían y pensaban y hablaban, y en qué raras peripecias se vieron envueltos a veces».

He de decir que mis dos hijas fueron seducidas por los encantos del libro. No dejaban de leerlo y era difícil separarlas de él. 

Hay innumerables ediciones en castellano; en casa contamos con una cuidada edición con buena traducción, además de la editorial Galera (gracias Palmira).

Deseo una grata lectura a padres e hijos.

Para niños de 10 a 100 años.


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