¿LITERATURA DE TERROR? EL MIEDO INFANTIL

«El contador de historias». Obra de Arthur Rackham (1867-1939).





«Bienvenidos sean los reyes malvados y las decapitaciones, las batallas y las mazmorras, los gigantes y los dragones, y que los villanos mueran espectacularmente al final del relato. Nada me convencerá de que esto induce en un niño normal ningún miedo más allá del que desea, y necesita, sentir. Porque, por supuesto, el niño quiere que le asusten un poco».

C. S. Lewis. Tres formas de escribir para niños.





Iniciaba esta especie de serie sobre la literatura del miedo hablándoles de jóvenes. Pero lo cierto es que el miedo (y el terror, que no es sino el miedo mismo en su máxima intensidad) es consustancial al propio niño; viene con él de fábrica. Chesterton, en un famoso párrafo, explicaba que los cuentos de hadas no le descubren al niño la existencia del mal o de los monstruos, porque eso ya está en su imaginación; lo que le aportan es la primera idea clara de que el monstruo puede ser derrotado por un San Jorge.

En todo caso, el miedo aparecería inevitablemente en sus vidas porque el mundo es un lugar amenazante, especialmente para un niño. Ante este hecho, C. S. Lewis, en el artículo del que se extrae la cita de inicio, plantea básicamente dos formas de actuar que resultan complementarias.

Por un lado, según él, debemos evitar provocar en el niño fobias o miedos patológicos contra los que el coraje ordinario no puede actuar, manteniendo su mente libre de cosas que no pueda soportar.

Por otro lado, nos dice que no hay que ocultarle que ha nacido en un mundo de muerte, violencia, heroísmo, cobardía, bien y mal. Para Lewis, lo contrario sería alimentar al niño con un escapismo dañino. Aunque sería ideal que ningún niño pasara miedo en la cama, si va a asustarse, es mejor que piense en gigantes, dragones y en un San Jorge como brillante paladín, antes que en simples ladrones o en cualquier policía.

Estoy con Chesterton y Lewis: el miedo está ya en el niño. Y por supuesto, hay que protegerlo de miedos perniciosos, pero también hay que prepararlo para combatir el mal del mundo, lo que exige conocer al enemigo y sus peligros.

Así que, vengan o no los niños con el miedo de fábrica, está claro que convendrá entrenarlos para que puedan hacerle frente, para que sepan tratarlo y para que aprendan a reconocerlo, ya que el miedo será –prácticamente desde el principio– algo inevitable en sus vidas.

Por lo tanto, estaremos de acuerdo en que los niños deben ser educados gradualmente en todas las virtudes, y eso incluye la fortaleza, que es la virtud que entra en juego ante el miedo y el terror. Es apropiado, entonces, que los niños enfrenten miedos proporcionales a su edad de forma imaginativa (a través de cuentos), lo que les preparará para afrontar miedos reales posteriormente.

La cuestión está, como venimos apuntando en las entradas anteriores, en la forma y en la medida de este trato, de ese entrenamiento. De este tema nos ocuparemos a continuación, guiados por algunos libros.

Como sabemos, el miedo no es bueno ni malo por sí mismo; es una reacción natural ante un peligro futuro difícil de evitar, y su valor moral depende de si está ordenado por la razón y sujeto a ella a través de la virtud de la fortaleza.

La literatura de terror funciona, por lo tanto, como un "gimnasio" para enfrentar y conocer mejor al miedo, pero de forma vicaria, no personal. A través de la ficción, el arte puede producir una catarsis saludable que edifica y fortalece virtudes como la prudencia y la fortaleza. Sin embargo, si la obra carece de un cosmos moral claro o de una estructura que contenga la angustia sin una resolución feliz, corre el riesgo de desordenar el alma del niño, alimentando pasiones sin gobierno, morbo, ansiedad o desesperanza.

Por ello, debemos guiarnos en la elección por ciertos principios, que denominaré chestertoniano, tolkieniano, lewisiano y aristotélico. 

De esta forma, de acuerdo con Chesterton, el cuento deberá mostrar que el dragón (el mal, el peligro) puede ser vencido; conforme a lo sostenido por Tolkien, en toda historia debe haber una eucatástrofe (un giro súbito hacia la alegría y el final feliz); de acuerdo con Lewis, debe haber en el relato cierta numinosidad (que lo terrible es hermoso y trascendente); y finalmente, y siguiendo a Aristóteles, la historia debe permitir una catarsis simbólica.

Por otro lado, cada edad tiene sus características, que podríamos ordenar del siguiente modo: de los cero a los tres años ha de tratarse de un miedo domesticado (separación-reencuentro, seguridad del hogar); de los cuatro a los seis años, las historias deben mostrar que el miedo puede ser derrotado (monstruos vencibles); de los siete a los diez u once años, amén de alimentar esa fortaleza para afrontar los diversos peligros que acechan la existencia, los niños podrían comenzar a tratar con el terror numinoso (lo sublime, lo inmenso); y de ahí en adelante –y según la madurez de los chicos– podrían internarse en lecturas que contengan algo de horror moral (el mal como perversión; como desorden antinatural).


PRIMEROS AÑOS

En los primeros años (0 a 3 años), los miedos más intensos son a la separación y a la oscuridad. Por eso los álbumes ilustrados de Margaret Wise Brown, El conejito andarín y Buenas noches, luna, son muy adecuados para apaciguarlos.

En el primero de ellos, se da al niño la seguridad de que la exploración o la separación no devendrán en ansiedad, y que la madre siempre, siempre estará ahí, y siempre, siempre encontrará a su hijo; esto calma y apacigua esa angustia natural. La madre conejo siempre encuentra a su cachorro, no importa dónde esté ni a dónde haya ido: por lo tanto, el mundo es explorable pero seguro.

El segundo de los cuentos, Buenas noches, luna, trata de otro tipo de miedo muy natural: el temor a la oscuridad y a lasoledad nocturna que se cierne sobre todo niño a la hora de dormir. Este libro transmite al pequeño un remedio para combatirlo: nombrar cada cosa que le rodea para hacerla más suya, para domesticar el espacio. Se trata de una traducción muy simplista, pero eficaz, del principio tomista de que nominare est dominari (nombrar es dominar). 

Por último, los cuentos de Beatrix Potter son igualmente un buen recurso; por ejemplo, Perico, el conejo trata, entre otras cosas, del peligro que espera, acechante, tras los muros de casa, y de la seguridad que siempre proporciona el hogar.


INFANCIA

En la infancia (4 a 7 años), el miedo ha de seguir mostrándose como algo domesticado y sujeto a un fácil y natural retorno al siempre seguro y conocido orden. Se ha de tratar, por lo tanto, de un miedo estrictamente acotado y siempre superable.

Donde viven los monstruos, de Maurice Sendak, puede ayudarnos a ello. En este famoso álbum ilustrado, el temor está ligado a la propia ira e impulsos del niño. Los monstruos no son un mal absoluto, sino un reflejo del desorden interior que el protagonista logra finalmente dominar. El valor de la obra radica en que existe un límite claro para los miedos y los monstruos que estos crean, y un marco protector al que regresar: la fantasía se disipa para volver a la seguridad del hogar y al perdón paternal, simbolizado en la cena que aún espera caliente al niño.

Por su parte, otro magnífico álbum ilustrado, El grúfalo, de Julia Donaldson, aborda el miedo desde otro enfoque: ahora no se trata de conflictos interiores nacidos de pasiones desordenadas, sino de peligros reales, aunque el asunto se aborda desde una perspectiva cómica. La estructura rítmica y repetitiva del relato permite al niño anticipar los hechos, lo que reduce la ansiedad. El cuento resulta formativo porque enseña prudencia práctica y astucia legítima como herramientas de supervivencia que permiten que el débil pueda doblegar al fuerte, lo que da confianza al niño para enfrentar y vencer temores nacidos de su pequeñez o su debilidad física.

Y, por supuesto, están los cuentos de hadas tradicionales (Grimm, Perrault, etc.). Por ejemplo, en Jack y las habichuelas mágicas, el miedo al monstruo gigante es el centro del relato; por medio de la audacia y la astucia, el pequeño Jack derrota al gigante comeniños; el monstruo, pues, puede ser derrotado. En Hansel y Gretel, el terror está plenamente presente: el miedo al abandono, al encierro y a la muerte se sienten en todo momento, pero son vencidos por la astucia infantil y la cooperación fraternal. Bettelheim habla aquí de una catarsis del miedo al rechazo parental. En todo caso, conviene tener cuidado con los niños impresionables; aunque es un cuento muy recomendable, puede precisar acompañamiento.


PREADOLESCENCIA

Más adelante (8 a 11 años), en una hoy ya precoz preadolescencia, el miedo ha de estar presente como reacción ante un peligro real y como vía para vislumbrar lo “aterrador” de nuestra insignificante existencia.

Las brujas, de Roald Dahl, introduce un miedo más intenso: el mal que se camufla en lo cotidiano. Es valioso porque ayuda a educar el discernimiento (no todo lo que parece amable es bueno) y fomenta la fortaleza para hacer frente a los peligros. Sin embargo, el texto tiene sus riesgos debido a sus descripciones repulsivas y a un final agridulce que ofrece aceptación en lugar de una victoria total, por lo que se sugiere leerlo con acompañamiento adulto.

Una mejor lectura la representan El hobbit, de Tolkien, y Las crónicas de Narnia, de C. S. Lewis.

En el primero, el niño lector habrá de enfrentarse a varios miedos que escalan de forma progresiva. Bilbo Bolsón pasa de enfrentar monstruos clásicos de cuento de hadas a experimentar el terror profundo ante el dragón Smaug y, finalmente, el horror real de la guerra. La historia se resuelve mediante un giro inesperado hacia un final feliz que trae reconciliación y regreso al hogar. Su gran lección: el verdadero valor no consiste en no tener miedo, sino en ser capaces de actuar a pesar de él.

En las Crónicas de Lewis, la historia se despliega como un viaje iniciático que madura a la par del lector. Esta odisea comienza entre los ocho y nueve años con El león, la bruja y el armario, donde el niño descubre la solemnidad del sacrificio y el peso de la traición. Al alcanzar los diez años, la travesía se vuelve existencial (con un atisbo del mysterium tremendum) con El príncipe Caspian, lo que enseña a sostener la fe frente a la incertidumbre. Continúa hacia el final de la preadolescencia con La travesía del Viajero del Alba y La silla de plata, etapas que confrontan al joven con el horror de la transformación física y la manipulación psicológica de la realidad. Finalmente, el camino culmina ya casi al comienzo de la adolescencia, con la madurez para afrontar los temas de la esclavitud, la guerra y el apocalipsis presentes en El caballo y el muchacho y La última batalla.


ADOLESCENCIA 

Finalmente, en la adolescencia (12 a 17 años), se pueden tener contactos literarios más intensos con el miedo existencial y espiritual. En este momento, el miedo y el terror ya no se enfocan en asustar por asustar, sino en confrontar las verdades más profundas de la existencia.

La obra magna de Tolkien resulta apropiada. La lectura de El Señor de los Anillos requiere una madurez que comienza a los doce años, pero que alcanza su plenitud hacia los dieciséis o diecisiete, cuando el lector puede procesar su compleja carga simbólica. Lejos de ser un cuento de hadas convencional, la obra sumerge al joven en un horror moral progresivo: desde la lenta corrupción de la voluntad y la autodestrucción de Gollum, hasta la traición de la sabiduría en Saruman y el abismo de la desesperación en Denethor. Pero lo hace con el claro contrapeso de la esperanza –que viaja con el lector por todo el relato– y por la eucatástrofe final.

Este viaje se ve intensificado por un clima de terror numinoso (la amenaza latente que se irradia desde Mordor) y terrores reales y físicos —encarnados, por ejemplo, en la depredación de Ella-Laraña— que preparan el terreno para una de las grandes lecciones de la obra: el reconocimiento de la fragilidad humana y de toda criatura, y su impotencia para enfrentar decisivamente y vencer finalmente al mal. Al fracasar Frodo en su misión final, el relato enseña que la voluntad personal es precaria y limitada, y que solo la gracia, activada a través de la misericordia pasada hacia el enemigo, permite la "eucatástrofe" o el giro inesperado que salva al mundo cuando todo parece perdido.

Una obra reciente que ilustra lo que les comento (aunque me abstengo de recomendarla) es Un monstruo viene a verme, de Patrick Ness. La novela traslada el miedo al terreno del duelo, la enfermedad y la culpa. El monstruo del título ayuda al protagonista a procesar la compleja ambivalencia afectiva de perder a su madre. Aunque literariamente es una obra de calidad que pretende ayudar a discernir entre los sentimientos inevitables ante tal situación y su desviación obsesiva, el texto carece de un marco de esperanza cristiana (ofrece una aceptación estoica pero no la promesa eterna). Por ello, a aquellos que decidan que sus hijos inicien su lectura, les aconsejo un cuidadoso acompañamiento espiritual y familiar antes, durante y después.


CONCLUSIÓN

En última instancia, vemos cómo, incluso desde la misma cuna, habremos de enfrentarnos al miedo, lo queramos o no; lo quieran o no nuestros padres. Y los cuentos, las historias y la literatura, en suma, pueden ayudarnos en eso.

La gran paradoja es que esa literatura que trata sobre el miedo no busca espantarnos, sino liberarnos. A través de sus páginas, el niño y el adolescente no solo descubren la existencia de las sombras, sino que ejercitan las virtudes necesarias para disiparlas. Ofrecerles estas lecturas de forma sabia y ordenada es, en el fondo, darles las llaves de ese gimnasio del alma donde se forja la verdadera fortaleza; una que les permita mantenerse firmes cuando el mañana les traiga tempestades reales: porque los monstruos siempre pueden ser derrotados y, al final del camino, la luz y el hogar, esté dónde esté este, siempre aguardan.


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